Evgeny Chebatkov es un cómico que no promete respuestas fáciles, pero que habla con soltura de las cosas más difíciles. Sus conciertos son una frágil mezcla de nostalgia de los noventa, cotidianidad emigrante y esa añoranza tan rusa en la que, con un poco de esfuerzo, aún hay lugar para la amistad, la vergüenza y un poco de esperanza.
Entre su infancia en los Urales, los ataques de pánico en un volcán y los intentos de comprender su propia identidad, Chebatkov ensambla el absurdo a partir de detalles dispares y luego los lanza al espectador, que siempre duda entre reírse a carcajadas o pensar en serio.
A pesar de la oscuridad del punto de partida -ya sea la vida criminal del pasado o el patriotismo sin patetismo-, sus observaciones son bastante honestas: a veces su padre es el enemigo, a veces Moscú es un volcán y a veces toda la vida adulta no es más que una larga sesión de entrenamiento con palos.