Igor Tarletsky parece haber asumido por fin que este mundo es una fuente segura de absurdo y fatiga. Sus conciertos no son una búsqueda de grandes significados, sino intentos constantes de no volverse loco en una época en la que hasta la elección del gorro y el cubo antiestrés se convierte en una prueba de fuerza.
En lugar de bromas agresivas, hay notas irónicas sobre las ansiedades domésticas, el intento desesperado de parecer vivo y la incomodidad de ser uno mismo entre los mendigos y los mantras morales de Moscú. La principal fuerza de Tarletsky reside en ese ligero cinismo: ya no protesta ni pretende que sobrevivir en este caos sea algo heroico. Simplemente baila su danza tranquila, aceptando que ser gracioso hoy en día es casi lo único que le queda.