Idrak Mirzalizadeh sabe convertir el cansancio de la época en un instrumento de despiadada ironía. Sus dramas sobre la emigración y los absurdos familiares no se convierten en una confesión, sino más bien en un diagnóstico de una época en la que incluso la terapia es una ocasión para discutir, y los mensajeros y los cafés son un espejo del surrealismo ruso cotidiano.
En sus conciertos hay un equilibrio entre la observación sarcástica, casi indiferente, y el cinismo real, detrás del cual sigue habiendo un intento de comprender si existe una escapatoria a lo políticamente correcto, al cansancio y a la búsqueda interminable de uno mismo. El tema principal es la inutilidad de cualquier intento de imponerse orden u optimismo en una realidad en la que la libertad fantasma es cada vez más a menudo un juguete más sin sentido.
Mirzalizadeh no trata de convencer a nadie de la corrección de su punto de vista; a lo sumo, de recordarles que incluso en el postapocalipsis del absurdo aún hay oportunidad de reírse de uno mismo y de la época.