Irina Prikhodko no actúa como si la emigración fuera algo heroico o finalmente comprensible. En lugar de cuentos con moraleja, hay absurdos a favor de la vida: una intimidad entre hamam y dictadura, donde incluso unas vacaciones se convierten en una excusa para asomarse a las propias inseguridades y frustraciones.
Sus conciertos son amargas observaciones de cómo la vida ordinaria se convierte en una colección de pequeñas catástrofes: el lenguaje, el cuerpo, la domesticidad familiar, el envejecimiento y las guerras de basura por un centímetro de espacio personal. Todo ello se presenta con una ironía cansina: sin patetismo, sólo con la cínica convicción de que incluso la felicidad requiere instrucción, y que sólo se puede sobrevivir con sentido del humor.
En lugar de conclusiones simplistas, hay una simple confesión: tienes que reírte mientras tus pertenencias personales siguen dando vueltas entre países y los avatares de tus amigos se pierden entre rostros europeos sin sonrisas.