Anton Borisov es un cómico para aquellos que ya se han dado cuenta de que no habrá "nuevo mundo" y que el viejo hace tiempo que se borró de las paredes de sus acogedoras casas de paneles. Sus conciertos son una crónica sufrida de treintañeros cansados, que miran hacia atrás, a la era de los códigos QR, o a la ventana con abuelas que discuten sobre Putin como superhéroe local. Aquí se analiza en detalle el heroísmo para descubrir que ser un héroe consiste más en hacer cola en silencio que en marchas victoriosas.
El humor de Borisov cala hasta los huesos, pero no deja ninguna posibilidad de caer en el patetismo: el absurdo y la fatiga a ambos lados de la pantalla resultan demasiado familiares. Entre las trivialidades de la vida cotidiana -niños que hace tiempo que son más listos que los adultos y lánguidas veladas con películas para cansados- se incrustan constantes recordatorios: sobrevivir en Rusia significa aprender a sonreír en una batalla en la que hasta las reglas se olvidan de anunciar de antemano.
Aquí no hay llamamientos al cambio, sino un doloroso intento de aferrarse a los restos de humanidad en una realidad donde una broma es la última protesta sin resolver.